Carta 71

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Alejandro Brunato

Síntesis Freud

Mi autoanálisis es de hecho lo esencial que ahora tengo, y promete volverse de supremo valor para mí cuando llegue a su término. He podido hallar algunos asideros reales de la historia. Pregunté a mi madre si guardaba recuerdo de la niñera. «Naturalmente», dijo, «una persona anciana, muy inteligente que te llevó por todas las iglesias: cuando luego volviste a casa, predicaste y contaste lo que el buen Dios procura. Cuando yo, estaba de parto por Anna» (dos años y medio menor que yo), «se averiguó que ella era una ladrona y a ella la castigaron con diez meses de arresto». Yo te he escrito que ella me indujo a hurtar céntimos y a dárselos. En verdad, el sueño significa que ella misma ha hurtado. La interpretación correcta es yo = ella, y madre de un médico = mi madre.
Mi madre me contó que el médico de mi infancia era tuerto, y entre todos mis maestros ¡el profesor K. era el único con ese mismo defecto! ver nota
Pero pude oír que la niñera era ladrona y lo olvidé en apariencia hasta que finalmente afloró en el sueño. Pero tengo otra prueba de todo punto inobjetable. Me dije: «Si la vieja se me ha desaparecido así de pronto, es preciso que se registre en mí la impresión de ello. ¿Dónde está, pues?». Entonces se me ocurrió una escena. Mi madre no se encuentra, yo berreo como desesperado. Mi hermano Philip (veinte años mayor que yo) me abre una canasta, y como tampoco hallo ahí dentro a mi madre, lloro todavía más, hasta que ella entra por la puerta, bella y de fina silueta. ¿Por qué mi hermano me abre la canasta, sabiendo que mi madre no está dentro, y por tanto no me calmará?

De pronto lo comprendo: yo se lo he exigido. Cuando eché de menos a mi madre temí que me desapareciera lo mismo que poco antes la vieja. Es que debo de haber creído que la vieja estaba encerrada y por eso creí que mi madre lo estaba también, o mejor, que estaba «encanastada». Que yo me dirigiera justamente a él es prueba de que yo estaba bien al tanto de la parte que le cupo en la desaparición de la niñera. Hasta ahora no he hallado nada enteramente nuevo. Muy fácil no es. Un solo pensamiento de validez universal me ha sido dado. También en mí he hallado el enamoramiento de la madre y los celos hacia el padre. Si esto es así, uno comprende el cautivador poder de Edipo rey, que desafía todas las objeciones que el intelecto eleva contra la premisa del oráculo, y comprende por qué el posterior drama de destino debía fracasar miserablemente. Nos rebelamos contra toda compulsión individual arbitraria [de destino], pero la saga griega captura una compulsión que cada quien reconoce porque ha registrado en su interior la existencia de ella. Cada uno de los oyentes fue una vez en germen y en la fantasía un Edipo así, y ante el cumplimiento de sueño traído aquí a la realidad objetiva retrocede espantado, con todo el monto de represión {esfuerzo de desalojo y suplantación} que divorcia a su estado infantil de su estado actual.
Fugazmente se me ha pasado por la cabeza que lo mismo podría estar también en el fundamento de Hamlet. No me refiero al propósito conciente de Shakespeare; así: lo inconciente dentro de él comprendió lo inconciente del héroe. ¿De qué manera justifica el histérico Hamlet su sentencia: «Así es como la conciencia {moral} hace de todos nosotros unos cobardes», de qué manera explica su vacilación en vengar al padre matando a su tío ese mismo Hamlet que sin reparo alguno envía a sus cortesanos a la muerte y asesina sin ningún escrúpulo a Laertes?. No podría explicarlo mejor que por la tortura que le depara el oscuro recuerdo de haber meditado la misma fechoría contra el padre por pasión hacia la madre. Su conciencia es su conciencia de culpa inconciente.

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