Angustia y vida pulsional

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Síntesis Freud. (1933) Conferencia 32: angustia y vida pulsional

 

La angustia era un estado afectivo, o sea, una reunión de determinadas sensaciones de la serie placer-displacer con las correspondientes inervaciones de descarga y su percepción, pero, probablemente, el precipitado de cierto evento significativo, incorporado por vía hereditaria, y entonces comparable al ataque histérico adquirido por el individuo.
El proceso del nacimiento como el evento que deja tras sí esa huella afectiva; en él, los cambios en la actividad del corazón y la respiración, característicos del estado de angustia, fueron acordes con el fin. Por tanto, la primera angustia habría sido una angustia tóxica.

Distingo entre la Angustia Realista y la Angustia Neurótica. Angustia realista: es una reacción que nos parece lógica frente al peligro, a un daño esperado de afuera. En un análisis de la angustia realista, la redujimos a un estado de atención sensorial incrementada y tensión motriz, que llamamos apronte angustiado. A partir de ese estado se desarrolla la reacción de angustia. Serían posibles dos desenlaces en él. O bien el desarrollo de angustia, la repetición de la antigua vivencia traumática, se limita a una señal, y entonces la restante reacción puede adaptarse a la nueva situación de peligro, desembocar en la huida o en acciones destinadas a ponerse a salvo, o bien lo antiguo prevalece, toda la reacción se agota en el desarrollo de angustia, y entonces el estado afectivo resultará paralizante y desacorde con el fin para el presente.
Angustia Neurótica: es enteramente enigmática, como carente de fin.
La observábamos bajo tres clases de constelaciones. En 1º término) como un estado de angustia libremente flotante, general, pronto a enlazarse de manera pasajera con cada nueva posibilidad que emerja; es la llamada «angustia expectante», como en la neurosis típica de angustia. En 2º término) ligada de manera firme a determinados contenidos de representación en las llamadas fobias, en las que todavía podemos discernir un vínculo con un peligro externo, pero la angustia frente a él no puede menos que parecernos desmedida. En 3º  término), la angustia en la histeria y otras formas de neurosis grave, que acompaña a síntomas o bien emerge de manera independiente como ataque o como estado de prolongada permanencia, pero siempre sin que se le descubra fundamento alguno en un peligro exterior. Entonces nos planteamos estas dos preguntas: ¿De qué se tiene miedo en la angustia neurótica? ¿Cómo se compadece esta con la angustia realista ante peligros externos?

La causa más común de la neurosis de angustia es la excitación frustránea. Se provoca una excitación libidinosa, pero no se satisface, no se aplica; entonces, en reemplazo de esta libido desviada de su aplicación emerge el estado de angustia. Hasta me creí autorizado a decir que esta libido insatisfecha se mudaba directamente en angustia. Esta concepción halló un apoyo en ciertas fobias enteramente regulares de los niños pequeños. Muchas de esas fobias nos resultan por completo enigmáticas, pero otras, como la angustia a la soledad y a personas ajenas, admiten una explicación cierta. La soledad, así como el rostro ajeno, despiertan la añoranza de la madre familiar; el niño no puede gobernar esta excitación libidinosa, no puede mantenerla en suspenso, la muda en angustia. Por tanto, esta angustia infantil no debe imputarse a la angustia realista, sino a la neurótica. Las fobias infantiles y la expectativa angustiada de la neurosis de angustia nos proporcionan dos ejemplos de uno de los modos en que se genera angustia neurótica: por trasmudación directa de la libido. Enseguida tomaremos conocimiento de un segundo mecanismo; se demostrará que no difiere mucho del primero.

De la angustia en la histeria y otras neurosis hacemos responsable, al proceso de la represión. Es la representación la que experimenta la represión y llegado el caso es desfigurada hasta que se vuelve irreconocible; pero su monto de afecto es mudado comúnmente en angustia y, por cierto, sin que importe su naturaleza ni que se trate de agresión o de amor.

Nos llamó la atención un vínculo  significativo entre desarrollo de angustia y formación de síntoma, a saber, que ambos se subrogan y relevan entre sí. El agorafóbico, por ejemplo, inicia su historia patológica con un ataque de angustia en la calle. Este se repetiría toda vez que anduviera de nuevo por la calle. Ahora crea el síntoma de la angustia a andar por la calle, que también podría llamarse una inhibición, una limitación funcional del yo, y por esa vía se ahorra el ataque de angustia. Lo inverso se ve si uno se inmiscuye en la formación de síntoma, como es posible, por ejemplo, en las acciones obsesivas. Si se impide al enfermo realizar su ceremonial de lavado, cae en un estado de angustia difícil de soportar, del cual, evidentemente, su síntoma lo protegía. Y por cierto parece que el desarrollo de angustia fuera lo primero, y la formación de síntoma lo posterior, como si los síntomas fueran creados para evitar el estallido del estado de angustia. Con esto armoniza también el que las primeras neurosis de la infancia sean fobias, estados en que se discierne con mucha nitidez el modo en que un desarrollo inicial de angustia es relevado por la posterior formación de síntoma: se tiene la impresión de que a partir de estos vínculos se hallará el mejor acceso a la comprensión de la angustia neurótica. Y al mismo tiempo hemos logrado responder la pregunta por aquello a lo cual se tiene miedo en la angustia neurótica, y establecer así la conexión entre angustia realista y neurótica. Aquello a lo cual se tiene miedo es, evidentemente, la propia libido. La diferencia con la situación de la angustia realista reside en dos puntos: que el peligro es interno en vez de externo, y que no se discierne concientemente.

En las fobias se puede discernir  el modo en que este peligro interior se traspone en uno exterior, o sea una angustia neurótica se muda en aparente angustia realista. Para simplificar un estado de cosas a menudo muy complejo, supongamos que el agorafóbico por lo general temía las mociones de tentación que le despertaban los encuentros por la calle. En su fobia sobreviene un desplazamiento, y ahora se angustia frente a una situación externa. Es manifiesto que gana con ello, pues cree poder protegerse mejor así. De un peligro externo uno puede salvarse mediante la huida, pero es difícil empresa el intento de huir de un peligro interno.

La angustia es como estado afectivo la reproducción de un antiguo evento peligroso; la angustia está al servicio de la autoconservación y es una señal de un nuevo peligro; se genera a partir de una libido que de algún modo se ha vuelto inaplicable; lo hace también a raíz del proceso de la represión; la formación de síntoma la releva, la liga psíquicamente, por así decir; se siente que aquí falta algo que unifique los fragmentos.
Esa descomposición de la personalidad anímica en un superyó, un yo y un ello, que les expuse en la conferencia anterior, nos obligó a adoptar también otra orientación en el problema de la angustia. Con la tesis de que el yo es el único almácigo de la angustia, sólo él puede producirla y sentirla, nos hemos situado en una nueva y sólida posición. Y de hecho no sabríamos qué sentido tendría hablar de una «angustia del ello» o adscribir al superyó la facultad del estado de angustia. Las tres principales variedades de angustia -.la realista, la neurótica y la de la conciencia moral- puedan ser referidas tan espontáneamente a los tres vasallajes del yo: respecto del mundo exterior, del ello y del superyó. Con esta nueva concepción ha pasado también al primer plano la función de la angustia como señal para indicar una situación de peligro.

Indagando recientemente el modo en que se genera la angustia en ciertas fobias que incluimos en la histeria de angustia, y escogimos casos en que se trataba de la represión típica de las mociones de deseo provenientes del complejo de Edipo.
El peligro real que el niño teme como consecuencia de su enamoramiento de la madre: es el castigo de la castración, la pérdida de su miembro. Desde luego, objetarán ustedes, ese no es un peligro objetivo. A nuestros varoncitos no se los castra por más que se enamoren de la madre en la fase del complejo de Edipo. Pero no es cosa tan fácil de despachar. Ante todo, no interesa que la castración se ejecute de hecho; lo decisivo es que el peligro amenace de afuera y el niño crea en él. En  su fase fálica, en la época de su onanismo, muchas veces se lo amenaza con cortarle el miembro. Conjeturamos que en las épocas primordiales de la familia humana la castración era consumada de hecho por el padre celoso y cruel sobre sus hijos varones crecidos, y la circuncisión en primitivos, como componente del ritual de virilidad podría ser un resto bien reconocible de ellos. Nos vemos precisados a establecer que la angustia frente a la castración es uno de los motores más frecuentes e intensos de la represión y, con ello, de la formación de neurosis.

La angustia de castración no es el único motivo de la represión; ya no tiene lugar en las mujeres, que  poseen un complejo de castración, pero no pueden tener angustia ninguna de castración. En su reemplazo aparece  la angustia a la pérdida de amor, que es como una continuación de la angustia del lactante cuando echa de menos a la madre. Situación de peligro objetivo indicada por esa angustia: Si la madre está ausente o ha sustraído su amor al hijo, la satisfacción de las necesidades de este ya no es segura, y posiblemente queda expuesto a los más penosos sentimientos de tensión. No rechacen la idea de que estas condiciones de angustia repiten en el fondo la situación de la originaria angustia de nacimiento, que también implicó una separación de la madre. Y aun si siguen una argumentación de Ferenczi [1925], pueden incluir también la angustia de castración en esta serie, pues la pérdida del miembro viril tiene por consecuencia la imposibilidad de una reunificación con la madre o con su sustituto en el acto sexual. La tan frecuente fantasía de regreso al seno materno es el sustituto de ese deseo de coito. Sólo quiero hacerles notar el modo en que aquí las averiguaciones psicológicas avanzan hasta chocar con hechos biológicos.

Rank hizo contribuciones al Psicoanálisis: la vivencia de angustia del nacimiento es el arquetipo de todas las situaciones posteriores de peligro…  En verdad a cada edad del desarrollo le corresponde una determinada condición de angustia, y por tanto una situación de peligro, como la adecuada a ella. El peligro del desvalimiento psíquico conviene al estadio de la temprana inmadurez del yo; el peligro de la pérdida de objeto (de amor), a la heteronomía de la primera infancia; el peligro de la castración, a la fase fálica; y, por último, la angustia ante el superyó, angustia que cobra una posición particular, al período de latencia. A medida que avanza el desarrollo, las antiguas condiciones de angustia tienen que ser abandonadas, pues las situaciones de peligro que les corresponden han sido desvalorizadas por el fortalecimiento del yo. Pero esto ocurre de manera  muy incompleta. Son muchos los seres humanos que no pueden superar la angustia ante la pérdida de amor, nunca logran suficiente independencia del amor de otros y en este punto continúan su conducta infantil. La angustia ante el superyó no está destinada a extinguirse, pues es indispensable en las relaciones sociales como angustia de la conciencia moral, y el individuo sólo en rarísimos casos puede independizarse de la comunidad humana. Por lo demás, algunas de las antiguas situaciones de peligro se las arreglan para pervivir en épocas posteriores modificando oportunamente sus condiciones de angustia. Por ejemplo, el peligro de la castración se conserva bajo la máscara de la fobia a la sífilis. De adulto uno sabe sin duda que la castración ya no se practica como castigo por entregarse a concupiscencias sexuales, pero en cambio se ha experimentado que tal libertad pulsional está amenazada con graves enfermedades. Las personas  neuróticas permanecen infantiles en su conducta hacia el peligro y no han superado condiciones de angustia anticuadas. Lo admitimos como una contribución fáctica a la caracterización de los neuróticos; no resulta tan fácil decir por qué ello es así.

Vínculos entre Angustia y Represión: la angustia crea a la represión, y no a la inversa, como pensábamos; y [la segunda], que una situación pulsional temida se remonta, en el fondo, a una situación de peligro exterior. ¿Cómo nos representamos ahora el proceso de una represión bajo el influjo de la angustia? El yo nota que la satisfacción de una exigencia pulsional  convocaría una de las bien recordadas situaciones de peligro. Por tanto, esa investidura pulsional debe ser sofocada de algún modo, cancelada.. Sabemos que el yo desempeña esa tarea cuando es fuerte e incluye en su organización la respectiva moción pulsional. Ahora bien, el caso de la represión es aquel en que la moción pulsional sigue siendo nativa del ello y el yo se siente endeble. Entonces el yo recurre a una técnica que en el fondo es idéntica a la del pensar normal. El pensar es un obrar tentativo con pequeños volúmenes de investidura, semejante a los desplazamientos de pequeñas figuras sobre el mapa, anteriores a que el general ponga en movimiento sus masas de tropa. El yo anticipa así la satisfacción de la moción pulsional dudosa y le permite reproducir las sensaciones de displacer que corresponden al inicio de la situación de peligro temida. Así se pone en juego el automatismo del principio de placer-displacer, que ahora lleva a cabo la represión de la moción pulsional peligrosa.
Tenemos que distinguir lo que a raíz de esta represión sucede en el yo y lo que sucede en el ello. Acabamos de decir lo que hace el yo. Dirige una investidura tentativa y suscita el automatismo placer-displacer mediante la señal de angustia. Entonces son posibles diversas reacciones o una mezcla de ellas en montos variables. O bien el ataque de angustia se desarrolla plenamente y el yo se retira por completo de la excitación chocante, o bien, en lugar de salirle al encuentro con una investidura tentativa, el yo lo hace con una contrainvestidura, y esta se conjuga con la energía de la moción reprimida para la formación de síntoma o es acogida en el interior del yo como formación reactiva, como refuerzo de determinadas disposiciones, como alteración permanente. Mientras más pueda limitarse el desarrollo de angustia a una mera señal, tanto más recurrirá el yo a las acciones de defensa equivalentes a una ligazón psíquica de lo reprimido, y tanto más se aproximará el proceso a un procesamiento normal, desde luego que sin alcanzarlo.
El carácter es atribuible por entero al yo. Lo que crea a ese carácter: la incorporación de la anterior instancia parental en calidad de superyó, sin duda el fragmento más importante y decisivo; luego, las identificaciones con ambos progenitores de la época posterior, y con otras personas influyentes, al igual que similares identificaciones como precipitados de vínculos de objeto resignados. Agreguemos ahora, como un complemento que nunca falta a la formación del carácter, las formaciones reactivas que el yo adquiere primero en sus represiones y, más tarde, con medios más normales, a raíz de los rechazos de mociones pulsionales indeseadas.

Ahora retrocedamos y volvámonos al ello. No es tan fácil ya colegir lo que a raíz de la represión le ha pasado a la moción pulsional combatida. Recuerdan que antes suponíamos que justamente ella era mudada en angustia por la represión. Ya no nos atrevemos a sostenerlo; la respuesta será: es probable que su destino no sea el mismo en todos los casos. Es probable que exista una correspondencia íntima entre el proceso que ocurre en cada caso dentro del yo y el que le sobreviene en el ello a la moción reprimida. En efecto, desde que hemos hecho intervenir en la represión al principio de placer-displacer, puesto en movimiento por la señal de angustia, estamos autorizados a modificar nuestras expectativas. Este principio rige de manera irrestricta los procesos en el interior del ello. Podemos concederle que provoca alteraciones muy profundas en la moción pulsional en cuestión. En muchos casos quizá la moción pulsional reprimida retenga su investidura libidinal, persista inmutada en el ello, si bien bajo la presión permanente del yo. Otras veces parece sobrevenirle una destrucción completa, tras la cual su libido es conducida de manera definitiva por otras vías. Sostuve que eso ocurría en la tramitación normal del complejo de Edipo, el cual, entonces, en ese caso deseable no es simplemente reprimido, sino destruido dentro del ello. Además, la experiencia clínica nos ha enseñado que en muchos casos se produce, en vez del habitual resultado de la represión, una degradación libidinal, una regresión de la organización libidinal a un estadio anterior. Esto sólo puede ocurrir dentro del ello, y cuando acontece es bajo el influjo del mismo conflicto que fue iniciado por la señal de angustia. La neurosis obsesiva, en que cooperan regresión libidinal y represión, proporciona el ejemplo más llamativo de esta clase.
El estudio de la angustia nos mueve a agregar otro rasgo a nuestra pintura del yo. Hemos dicho que el yo es endeble frente al ello, es su fiel servidor, se empeña en llevar a cabo sus órdenes, en cumplir sus reclamos. No nos retractaremos de ese enunciado. No obstante, por el otro lado, ese yo es la parte del ello mejor organizada, orientada hacia la realidad. No debemos exagerar demasiado la separación entre ambos, ni sorprendernos de que el yo consiga a su vez influir sobre los procesos del ello. El yo ejerce ese influjo cuando por medio de la señal de angustia pone en actividad al casi omnipotente principio de placer displacer. Inmediatamente vuelve a mostrar su endeblez, pues mediante el acto de la represión renuncia a un fragmento de su organización, se ve precisado a consentir que la moción pulsional reprimida permanezca sustraída a su influjo de manera duradera.
La angustia neurótica se ha mudado bajo nuestras manos en angustia realista, en angustia ante determinadas situaciones externas de peligro. Pero tenemos que dar otro paso, que será un paso atrás. ¿Qué es en verdad lo peligroso, lo temido en una de tales situaciones de peligro? No es el daño de la persona que podría juzgarse objetivo, sino lo que él ocasione en la vida anímica. Por ejemplo, el nacimiento, nuestro arquetipo del estado de angustia, difícilmente pueda ser considerado en sí como un daño, aunque tal vez conlleve tal peligro. Lo esencial en el nacimiento, como en cualquier otra situación de peligro, es que provoque en el vivenciar anímico un estado de excitación de elevada tensión que sea sentido como displacer y del cual uno no pueda enseñorearse por vía de descarga. Llamemos factor traumático a un estado así, en que fracasan los empeños del principio de placer; entonces, a través de la serie angustia neurótica-angustia realista-situación de peligro llegamos a este enunciado simple: lo temido, el asunto de la angustia, es en cada caso la emergencia de un factor traumático que no pueda ser tramitado según la norma del principio de placer. El hecho de estar dotados del principio de placer no nos pone a salvo de daños objetivos, sino sólo de un daño determinado a nuestra economía psíquica. Del principio de placer a la pulsión de autoconservación hay un gran trecho, falta mucho para que ambos propósitos se superpongan desde el punto de partida.
Sólo la magnitud de la suma de excitación convierte a una impresión en factor traumático, paraliza la operación del principio de placer, confiere su significatividad a la situación de peligro. Sólo las represiones más tardías muestran el mecanismo que hemos descrito, en que la angustia es despertada como señal de una situación anterior de peligro; las primeras y originarias nacen directamente a raíz del encuentro del yo con una exigencia libidinal hipertrófica proveniente de factores traumáticos; ellas crean su angustia como algo nuevo, es verdad que según el arquetipo del nacimiento. Acaso lo mismo valga para el desarrollo de angustia que en la neurosis de angustia se produce por daño somático de la función sexual. Ya no afirmaremos que sea la libido misma la que se muda entonces en angustia. Pero no veo objeción alguna a un origen doble de la angustia: en un caso como consecuencia directa del factor traumático, y en el otro como señal de que amenaza la repetición de un factor así.


Hoy tengo aún el propósito de conducirlos al campo de la teoría de la libido o doctrina de las pulsiones, donde también han surgido muchas cosas nuevas.
La doctrina de las pulsiones es nuestra mitología, por así decir. Las pulsiones son seres míticos, grandiosos en su indeterminación. Desde siempre tuvimos la vislumbre de que tras esas múltiples y pequeñas pulsiones se ocultaba algo serio y poderoso. Distinguíamos al comienzo dos pulsiones principales, según las dos grandes necesidades: hambre y amor. Por más celo que pongamos en defender la independencia de la psicología frente a cualquier otra ciencia, aquí se está a la zaga del inconmovible hecho biológico de que el individuo vivo sirve a dos propósitos: su propia conservación y la de la especie. Como subrogadoras de esta concepción, se introdujeron en el psicoanálisis las «pulsiones yoicas» y las «pulsiones sexuales». Entre las primeras incluimos todo lo que tiene que ver con la conservación, la afirmación, el engrandecimiento de la persona. A las segundas debimos conferirles la riqueza que exigían la vida sexual infantil y la perversa. Puesto que a raíz de la indagación de las neurosis llegamos a conocer al yo como el poder limitante, represor, y a las aspiraciones sexuales como lo limitado, reprimido, creímos tocar con la mano no sólo la diversidad, sino el conflicto entre ambos grupos de pulsiones. Asunto de nuestro estudio fueron primero sólo las pulsiones sexuales, cuya energía denominamos «libido». En torno de ellas intentamos aclarar nuestras representaciones sobre lo que era una pulsión y lo que podíamos atribuirle. Este es el lugar de la teoría de la libido.

Una pulsión se distingue de un estímulo, pues, en que proviene de fuentes de estímulo situadas en el interior del cuerpo, actúa como una fuerza constante y la persona no puede sustraérsele mediante la huida, como es posible en el caso del estímulo externo. En la pulsión pueden distinguirse fuente, objeto y meta. La fuente es un estado de excitación en lo corporal; la meta, la cancelación de esa excitación, y en el camino que va de la fuente a la meta la pulsión adquiere eficacia psíquica. La representamos como cierto monto de energía que esfuerza en determinada dirección. De este esforzar recibe su nombre: pulsión. Se habla de pulsiones activas y pasivas; más correctamente debería decirse: metas pulsionales activas y pasivas; también para alcanzar una meta pasiva se requiere un gasto de actividad. La meta puede alcanzarse en el cuerpo propio, pero por regla general se interpone un objeto exterior en que la pulsión logra su meta externa; su meta interna sigue siendo en todos los casos la alteración del cuerpo sentida como satisfacción. No hemos podido aclararnos si la pertenencia a la fuente somática presta a la pulsión una especificidad, ni cuál sería esta. Que mociones pulsionales de una fuente pueden acoplarse a las de otra y compartir su ulterior destino; que en general una satisfacción pulsional puede ser sustituida por otra: he ahí hechos indudables según el testimonio de la experiencia analítica. Pero confesemos que no los comprendemos muy bien. También el vínculo de la pulsión con la meta y el objeto admite variaciones: aquella y este pueden permutarse por otros, siendo empero el vínculo con el objeto el más fácil de aflojar. Distinguimos con el nombre de sublimación cierta clase de modificación de la meta y cambio de vía del objeto en la que interviene nuestra valoración social. Además, tenemos razones para distinguir pulsiones de meta inhibida, a saber, mociones pulsionales de fuentes notorias y con meta inequívoca, pero que se detienen en el camino hacia la satisfacción, de suerte que sobrevienen una duradera investidura de objeto y una aspiración continua. De esta clase es, por ejemplo, el vínculo de la ternura, que indudablemente proviene de las fuentes de la necesidad sexual y por regla general renuncia a su satisfacción.
Las pulsiones sexuales: plasticidad, la capacidad de cambiar de vía sus metas; por la facilidad con que admiten subrogaciones, dejándose sustituir una satisfacción pulsional por otra, y por su posible diferimiento, de lo cual las pulsiones de meta inhibida acaban de darnos un buen ejemplo. Tenderíamos a negar estas propiedades a las pulsiones de autoconservación, y a enunciar acerca de ellas que son inflexibles, no admiten diferimiento, son imperativas de manera muy diversa y tienen una relación enteramente distinta tanto con la represión como con la angustia. Sólo que la reflexión más inmediata nos dice que esa posición excepcional no conviene a todas las pulsiones yoicas, sino únicamente al hambre y la sed, y es evidente que ello tiene su base en una particularidad de las fuentes pulsionales. Buena parte del carácter confuso con que se nos presenta todo este cuadro proviene, además, de que no hemos considerado por separado las alteraciones que las mociones pulsionales, originariamente nativas del ello, acaso experimentan bajo el influjo del yo organizado.

Nos movemos sobre terreno más firme cuando pasamos a indagar el modo en que la vida pulsional sirve a la función sexual. No es, pues, que se discierna una pulsión sexual que desde el comienzo mismo haga de portadora de la aspiración a la meta de la función sexual, la unión de las dos células genésicas. Antes bien, vemos un gran número de pulsiones parciales, provenientes de diversas partes y regiones del cuerpo, que con bastante independencia recíproca pugnan por alcanzar una satisfacción y la hallan en algo que podemos llamar placer de órgano. Entre estas zonas erógenas, los genitales son la más tardía, y ya no rehusaremos a su placer de órgano el nombre de placer sexual. No todas estas mociones que pugnan por alcanzar placer serán acogidas en la organización definitiva de la función sexual. Muchas de ellas serán dejadas de lado por inutilizables, sea mediante represión u otra vía; algunas serán desviadas de su meta en la notable forma ya citada, y aplicadas como refuerzo de otras mociones; otras, aún, se conservan en papeles accesorios, sirven para la ejecución de actos introductorios, para la producción de un placer previo. En esta larga trayectoria de desarrollo pueden discernirse varias fases de una organización provisional, y a partir de esta historia de la función sexual se explican sus aberraciones y mutilaciones. Llamamos oral a la primera de estas fases pregenitales porque, en correspondencia con el modo en que el lactante es alimentado, la zona erógena de la boca domina también lo que es lícito llamar la actividad sexual de este período de la vida. En un segundo estadio esfuerzan hacia adelante los impulsos sádicos y los anales, por cierto que en conexión con la salida de los dientes, el fortalecimiento de la musculatura y el gobierno sobre las funciones esfinterianas. En tercer lugar aparece la fase fálica, en que en ambos sexos el miembro viril y su correspondiente en la niña adquieren una significación que ya no puede pasarse por alto. La fase genital: para la organización sexual definitiva que se establece tras la pubertad y en la cual los genitales femeninos hallan por primera vez el reconocimiento que los masculinos habían conseguido mucho antes.

Podemos gloriarnos de haber averiguado muchas cosas nuevas justamente sobre las organizaciones tempranas de la libido, y de haber aprehendido con mayor claridad lo antiguo; les daré al menos algunas muestras de ello. Abraham probó en 1924 que en la fase sádico-anal pueden distinguirse dos estadios. De ellos, en el anterior reinan las tendencias destructivas de aniquilar y perder, y en el posterior, las de guardar y poseer, amistosas hacia los objetos. Por tanto, es en mitad de esta fase cuando emerge por primera vez el miramiento hacia el objeto como precursor de una posterior investidura de amor. Igualmente justificado es suponer una partición semejante también para la primera fase, la oral. En el primer subestadio se trata sólo de la incorporación oral y falta aún toda ambivalencia en el vínculo con el objeto del pecho materno. El segundo estadio, singularizado por la emergencia de la actividad de morder, puede ser designado como oral-sádico; muestra por primera vez los fenómenos de la ambivalencia que adquirirán tanta nitidez en la fase siguiente, la sádico-anal. El valor de estos nuevos distingos se evidencia en particular cuando en determinadas neurosis -neurosis obsesiva, melancolía- uno busca los lugares de predisposición dentro del desarrollo libidinal. Traigan ustedes a su memoria lo que tenemos averiguado acerca del nexo entre fijación libidinal, predisposición y regresión.

Nuestra actitud hacia las fases de la organización libidinal se ha desplazado un poco. Si antes insistíamos sobre todo en la manera en que cada una de ellas se disipaba ante la que le seguía, ahora nuestra atención se ciñe a los hechos que nos muestran cuánto de aquella fase anterior se ha conservado junto a las configuraciones posteriores y tras ellas, y se ha procurado una subrogación duradera en la economía libidinal y en el carácter de la persona. Todavía más significativos son ciertos estudios que nos han enseñado que muy a menudo ocurren, bajo condiciones patológicas, regresiones a fases anteriores, y que determinadas regresiones son características de determinadas formas de enfermedad. Pero no puedo tratar esto aquí; pertenece a una psicología especial de las neurosis.

Trasposiciones pulsionales y procesos parecidos hemos podido estudiar, en particular, en el erotismo anal, las excitaciones que provienen de las fuentes de la zona erógena anal; nos sorprendió la multiplicidad de empleos a que son aplicadas estas mociones pulsionales. Acaso no resulte fácil emanciparse del menosprecio que en el curso del desarrollo ha afectado justamente a estas zonas. Dejemos por eso que Abraham [19241 nos explique que el ano corresponde embriológicamente a la boca primordial que ha migrado hacia abajo, hasta la extremidad del intestino. Luego nos enteramos de que con la desvalorización de la propia caca, de los excrementos, este interés pulsional de fuente anal traspasa hacia objetos que pueden darse como regalo. Y con derecho, pues la caca fue el primer regalo que el lactante pudo hacer, del que se desprendió por amor a su cuidadora. Luego, de manera por entero análoga al cambio de vía del significado en el desarrollo del lenguaje, ese antiguo interés por la caca se traspone en el aprecio por el oro y el dinero, pero también hace su contribución a la investidura afectiva del hijo y del pene. Según la convicción de todos los niños, que por largo tiempo se atienen a la teoría de la cloaca, el hijo nace como un fragmento de caca del intestino; la defecación es el arquetipo del acto del nacimiento. Pero también el pene tiene su precursor en la columna de heces que llena y estimula la mucosa del tubo intestinal. Cuando el niño, bien a regañadientes, toma noticia de que existen seres humanos que no poseen ese miembro, el pene le aparece como algo separable del cuerpo y lo sitúa en inequívoca analogía con el excremento, que sin duda fue el primer fragmento de corporeidad al que se debió renunciar. Así, una gran cuota de erotismo anal es trasportada a investidura del pene, pero el interés por esta parte del cuerpo tiene, además de esta raíz de erotismo anal, una raíz oral acaso todavía más poderosa, pues tras la suspensión del lactar el pene hereda también algo del pezón del órgano materno.


Es imposible orientarse en las fantasías -las ocurrencias influidas por lo inconciente- y en el lenguaje sintomático del ser humano sí no se conocen estos profundos nexos. Caca-dinero-regalo-hijo-pene son tratados aquí como equivalentes y aun subrogados mediante símbolos comunes. Quizá pueda agregar todavía, de pasada, que también el interés por la vagina, que despierta más tarde, es de origen anal-erótico. No es asombroso, pues la vagina misma, según una feliz expresión de Lou Andreas-Salomé [1916], ha «tomado terreno en arriendo» al ano; en la vida de los homosexuales, que no han recorrido cierto trecho del desarrollo sexual, es vuelta a subrogar por aquel. En el soñar se escenifica con frecuencia una localidad que antes era un espacio único y ahora es dividida en dos por una pared, o también a la inversa. Lo mentado con ello es siempre la relación de la vagina con el intestino. Podemos estudiar muy bien en la niña cómo normalmente el deseo de poseer un pene, enteramente afemenino, se trasmuda en el deseo de tener un hijo, y luego en el de tener un varón como portador del pene y dador del hijo, de suerte que también aquí se vuelve visible el modo en que un fragmento de un interés anal-erótico en su origen se forja un sitio en la posterior organización genital.

En el curso de esos estudios sobre las fases pregenitales de la libido hemos obtenido también algunas nuevas intelecciones sobre la formación del carácter. Nos llamó la atención un conjunto de propiedades que aparecen reunidas con bastante regularidad: orden, ahorratividad y terquedad; y a partir del análisis de esas personas descubrimos que esas propiedades provienen del consumo y del empleo diverso de su erotismo anal. Hablamos entonces de un carácter anal toda vez que hallamos esa llamativa reunión, y ponemos el carácter anal en una cierta oposición con el erotismo anal no elaborado hasta su acabamiento. Un vínculo semejante, hallamos entre la ambición y el erotismo uretral. Extraemos una notable alusión a ese nexo de la leyenda según la cual Alejandro Magno nació la misma noche en que un cierto Herostrato, por el solo afán de hacerse famoso, prendió fuego al admiradísimo templo de Artemisa en Efeso. Es como si los antiguos no hubieran desconocido la existencia de ese nexo. Ya saben ustedes cuánto tiene que ver el orinar con el fuego y su extinción. Desde luego, esperamos que también otras propiedades de carácter sobrevengan de manera semejante como precipitados o formaciones reactivas de determinadas formaciones libidinosas pregenitales, mas todavía no podemos demostrarlo.

Pero ya es tiempo de que vuelva atrás y retome los problemas más generales de la vida pulsional. Nuestra teoría de la libido tuvo por base, al comienzo, la oposición entre pulsiones yoicas y pulsiones sexuales. Cuando más tarde empezamos a estudiar mejor al yo como tal, y asimos el punto de vista del narcisismo, ese distingo perdió el suelo en que se asentaba. En casos raros puede discernirse que el yo se toma a sí mismo por objeto, se comporta como si estuviera enamorado de sí mismo. De ahí el narcisismo, extraído de la leyenda griega. Se llega a comprender que el yo es siempre el principal reservorio de la libido; de él parten las investiduras libidinosas de los objetos, y a él regresan, mientras la parte mayor de esa libido permanece de manera continua dentro del yo. Sin cesar se trasmuda libido yoica en libido de objeto, y libido de objeto en libido yoica. Pero entonces ellas no pueden ser de diferente naturaleza, no tiene ningún sentido separar la energía de una y otra, y es posible abandonar la designación «libido» o usarla como equivalente de energía psíquica en general.

Suponemos que existen dos clases de pulsiones de diferente naturaleza: las pulsiones sexuales entendidas en el sentido más lato -el Eros, si prefieren esta denominación- y las pulsiones de agresión, cuya meta es la destrucción. Escuchándolo así, es difícil que ustedes lo consideren una novedad; parece un intento de trasfiguración teórica de la oposición trivial entre amar y odiar, que acaso coincida con aquella otra polaridad de atracción y repulsión que la física supone para el mundo inorgánico. Pero lo notable es que esa formulación fue sentida por muchos como una innovación, y por cierto harto indeseable. Supongo que en esa desautorización se impone un fuerte factor afectivo. ¿Por qué nosotros mismos tardamos tanto antes de decidirnos a reconocer una pulsión de agresión, por qué vacilamos en utilizar para la teoría unos hechos que eran manifiestos y notorios para todo el mundo? Probablemente se tropezara con menor resistencia si se quisiera atribuir a los animales una pulsión con esa meta. Pero parece impío incluirla en la constitución humana; contradice demasiadas premisas religiosas y convenciones sociales. No; el hombre tiene que ser por naturaleza bueno o, al menos, manso. Si en ocasiones se muestra brutal, violento, cruel, he ahí unas ofuscaciones pasajeras de su vida afectiva, las más de las veces provocadas, quizá sólo consecuencia de los inadecuados regímenes sociales que él se ha dado hasta el presente.

Por desdicha, lo que la historia nos informa y lo que nosotros mismos hemos vivenciado no nos habla en ese sentido, sino más bien justifica el juicio de que la creencia en la «bondad» de la naturaleza humana es una de esas miserables ilusiones que, según los hombres esperan, embellecerán y aliviarán su vida, cuando en realidad sólo les hacen daño.  Ustedes saben que hablamos de sadismo cuando la satisfacción sexual se anuda a la condición de que el objeto sexual padezca dolores, maltratos y humillaciones, y de masoquismo cuando la necesidad consiste en ser uno mismo ese objeto maltratado. Saben también que cierto ingrediente de ambas aspiraciones es acogido en la relación sexual normal, y que las designamos como perversiones cuando refrenan a las otras metas sexuales y las remplazan por sus propias metas. El sadismo mantiene un nexo más íntimo con la masculinidad, y el masoquismo con la feminidad, como si existiera aquí un secreto parentesco.
Creemos, pues, que en el sadismo y el masoquismo nos las habemos con dos destacados ejemplos de la mezcla entre ambas clases de pulsión, del Eros con la agresión, y ahora adoptamos el supuesto de que ese nexo es paradigmático, de que todas las mociones pulsionales que podemos estudiar consisten en tales mezclas o aleaciones de las dos variedades de pulsión. Entonces, las pulsiones eróticas introducirían en la mezcla la diversidad de sus metas sexuales, en tanto que las otras sólo consentirían aminoramientos y matices de su monocorde tendencia. Mediante ese supuesto nos hemos abierto la perspectiva hacia indagaciones que algún día pueden alcanzar gran significación para la inteligencia de procesos patológicos. En efecto, las mezclas pueden también descomponerse, y a tales desmezclas de pulsiones es lícito atribuir las más serias consecuencias para la función. Pero estos puntos de vista son todavía demasiado nuevos; nadie ha intentado hasta hoy aplicarlos en su trabajo.

Retrocedamos hasta el problema particular que nos plantea el masoquismo. Prescindamos por el momento de sus componentes eróticos; entonces nos atestigua la existencia de una aspiración que tiene por meta la destrucción de sí. Si respecto de la pulsión de destrucción también es válido que el yo -pero más bien pensamos aquí en el ello, en la persona total- incluye originariamente dentro de sí todas las mociones pulsionales, obtenemos la concepción de que el masoquismo es más antiguo que el sadismo, y este es la pulsión de destrucción vuelta hacia afuera, que así cobra el carácter de la agresión. Algún tanto de la pulsión de destrucción originaria puede permanecer todavía en el interior; parece que sólo podemos percibirla de manera patente bajo estas dos condiciones: que se haya conectado con pulsiones eróticas para formar el masoquismo o que se vuelva hacia el mundo exterior como agresión -con un mayor o menor suplemento erótico- En este punto se nos impone el valor de la posibilidad de que la agresión no pueda hallar satisfacción en el mundo exterior por chocar con impedimentos reales. Si tal sucede, acaso vuelva atrás y multiplique la escala de la autodestrucción que reina en lo interior. Averiguaremos que efectivamente es lo que acontece, y que ese proceso reviste suma importancia. Una agresión impedida parece implicar grave daño; las cosas se presentan de hecho corno si debiéramos destruir a otras personas o cosas para no destruirnos a nosotros mismos, para ponernos a salvo de la tendencia a la autodestrucción. ¡Triste revelación, sin duda, para el moralista!
Las pulsiones no rigen sólo la vida anímica, sino también la vegetativa, y estas pulsiones orgánicas: se revelan como unos afanes por reproducir un estado anterior. Cabe suponer que en el momento mismo en que uno de esos estados, ya alcanzado, sufre una perturbación, nace una pulsión a recrearlo y produce fenómenos que podemos designar como compulsión de repetición. Así, la embriología es toda ella compulsión de repetición; por un vasto ámbito del reino animal se extiende una capacidad para formar de nuevo órganos perdidos, y la pulsión de sanar a la cual debemos nuestras curaciones -unida a nuestros auxilios terapéuticos- quizá sea el resto de esta facultad desarrollada de manera tan grandiosa en los animales inferiores. Las migraciones de los peces para el desove, acaso también las periódicas migraciones de los pájaros, y posiblemente todo lo que en los animales designamos como exteriorización del instinto, se producen bajo el imperio de la compulsión de repetición, que expresa la naturaleza conservadora de las pulsiones. Tampoco en el ámbito del alma nos hace falta buscar mucho tiempo sus exteriorizaciones. Nos ha llamado la atención que las vivencias olvidadas y reprimidas de la primera infancia se reproduzcan en el curso del trabajo analítico en sueños y reacciones, en particular las de la transferencia, y ello no obstante que su despertar contraríe el interés del principio de placer; en estos casos una compulsión de repetición se impone incluso más allá del principio de placer. También fuera del análisis es posible observar algo semejante. Hay personas que durante su vida repiten sin enmienda siempre las mismas reacciones en su perjuicio, o que parecen perseguidas por un destino implacable, cuando una indagación más atenta enseña que en verdad son ellas mismas quienes sin saberlo se deparan ese destino. En tales casos adscribimos a la compulsión de repetición el carácter de lo demoníaco.

Ahora bien, ¿en qué contribuirá este rasgo conservador de las pulsiones para entender nuestra autodestrucción? Si es cierto que alguna vez la vida surgió de la materia inanimada -en una época inimaginable y de un modo irrepresentable-, tiene que haber nacido en ese momento, de acuerdo con nuestra premisa, una pulsión que quisiera volver a cancelarla, reproducir el estado inorgánico. Y si ahora pasamos a discernir en esa pulsión la autodestrucción que habíamos supuesto, estamos autorizados a concebir esta última como expresión de una pulsión de muerte que no puede estar ausente de ningún proceso vital. Entonces las pulsiones en que nosotros creemos se nos separan en estos dos grupos: las eróticas,  y las pulsiones de muerte. De la acción eficaz conjugada y contraria de ambas surgen los fenómenos de la vida, a que la muerte pone término.

No aseveramos que la muerte sea la meta única de la vida; no dejamos de ver, junto a la muerte, la vida. Admitimos dos pulsiones básicas, y dejamos a cada una su propia meta. Averiguar cómo se mezclan ambas en el proceso vital, cómo la pulsión de muerte es puesta al servicio de los propósitos de Eros, sobre todo en su vuelta hacia afuera en calidad de agresión, he ahí unas tareas reservadas a la investigación futura. También debemos dejar sin respuesta otros problemas: si el carácter conservador acaso no es propio de todas las pulsiones sin excepción, sí también las pulsiones eróticas querrían restaurar un estado anterior toda vez que aspiran a la síntesis de lo vivo en unidades mayores.

Quiero comunicarles cuál fue el punto de partida de estas reflexiones sobre las pulsiones; es el mismo que nos llevó a revisar el vínculo entre el yo y lo inconciente: la impresión, derivada del trabajo analítico, de que el paciente, que ofrece la resistencia, muchísimas veces nada sabe de ella. Y no sólo el hecho de la resistencia, le es inconciente; también los motivos de ella. Nos vimos precisados a investigar ese motivo y lo hallamos, en una intensa necesidad de castigo que sólo podíamos clasificar entre los deseos masoquistas. Esa necesidad de castigo es el peor enemigo de nuestro empeño terapéutico. Se satisface con el padecimiento que la neurosis conlleva, y por eso se aferra a la condición de enfermo. La necesidad inconciente de castigo, interviene en toda contracción de neurosis. Acerca de esto, producen cabal convicción los casos en que el padecimiento neurótico admite ser relevado por uno de otra índole. Les informaré sobre una de estas experiencias.

Yo había conseguido librar a una señorita mayor del complejo sintomático que durante unos quince años la condenara a una existencia torturada, excluyéndola de toda participación en la vida social. Se sintió entonces sana, y se lanzó a una febril actividad para desarrollar sus no escasos talentos y procurarse una cuota de reconocimiento, de goce y de éxito. Pero todos sus intentos terminaban del siguiente modo: le hacían saber, y ella misma lo veía, que ya tenía demasiada edad para obtener algo en ese campo. Tras cada uno de esos desenlaces, la recaída en la enfermedad habría sido lo inmediato; pero ella ya no logró volver a producirla. En lugar de ello le ocurrían unos accidentes que la radiaban de la actividad durante un tiempo y la hacían padecer. Por ejemplo, se caía y se torcía un pie o lastimaba una rodilla, o debido a algún menester se dañaba una mano. Tras llamársele la atención sobre lo mucho que ella misma contribuía a esos aparentes percances, cambió por así decir de técnica. En lugar de los accidentes le sobrevinieron, a raíz de las mismas ocasiones, enfermedades leves, catarros, anginas, estados gripales, inflamaciones reumáticas, hasta que por fin todo el espectro se esfumó cuando decidió resignarse.
No hay, ninguna duda acerca del origen de esta necesidad inconciente de castigo. Se comporta como la continuación de nuestra conciencia moral en lo inconciente; por tanto, ha de tener el mismo origen que esta y corresponder a una porción de agresión interiorizada y asumida por el superyó: «sentimiento inconciente de culpa». En cuanto a la teoría, en verdad dudamos sobre sí debemos suponer que toda la agresión que regresa desde el mundo exterior es ligada por el superyó y vuelta así contra el yo, o bien que una parte de ella ejercita su actividad muda y ominosa como pulsión de destrucción libre en el yo y el ello. Más probable es una distribución como la indicada en último término, pero no sabemos nada más sobre esto. En la institución primera del superyó, es indudable que para dotación de esa instancia se empleó aquel fragmento de agresión hacia los padres que el niño no pudo descargar hacia afuera a consecuencia de su fijación de amor, así como de las dificultades externas; por eso no necesariamente la severidad del superyó se encontrará en una correspondencia simple con el rigor de la educación.. Es muy posible que a raíz de ocasiones posteriores para sofocar la agresión, la pulsión tome el mismo camino que se le abrió en aquel punto temporal decisivo.

Las personas en quienes es hiperpotente ese sentimiento inconciente de culpa se delatan en el tratamiento analítico por la reacción terapéutica negativa, de tan mal pronóstico.
Cuando se les comunica la solución de un síntoma, tras lo cual normalmente debería sobrevenir su desaparición al menos temporaria, lo que con ellas se consigue es, al contrario, un refuerzo momentáneo del síntoma y del padecimiento. A menudo basta con pronunciar algunas palabras de esperanza en los progresos del análisis, para provocarles un empeoramiento de su estado. Los no analistas dirían que les falta la «voluntad de curarse»; de acuerdo con el pensamiento analítico, deben ver ustedes en esa conducta una exteriorización del sentimiento inconciente de culpa, al cual se acomoda bien, justamente, la condición de enfermo con su padecimiento y sus impedimentos. Los problemas desenvueltos a partir del sentimiento inconciente de culpa, sus nexos con la moral, la pedagogía, la criminalidad y el desamparo social, constituyen hoy el campo de trabajo predilecto de los psicoanalistas.

Solemos decir que nuestra cultura se ha edificado a expensas de las aspiraciones sexuales, que son inhibidas por la sociedad, en parte sin duda reprimidas, pero en otra parte utilizadas para nuevas metas. También, y a pesar de todo el orgullo que nos inspiran nuestros logros culturales, hemos confesado que no nos resulta fácil cumplir los requerimientos de esa cultura, sentirnos bien dentro de ella, porque las limitaciones pulsionales que se nos imponen significan para nosotros una gravosa carga psíquica. Pues bien; lo que discernimos acerca de las pulsiones sexuales vale de igual modo, y quizás en mayor medida aún, respecto de las otras, las pulsiones de agresión. Son sobre todo ellas las que dificultan la convivencia humana y amenazan su perduración; que limite su agresión es el primer sacrificio, y acaso el más duro, que la sociedad tiene que pedir al individuo. Hemos averiguado la ingeniosa manera en que se consuma ese domeñamiento del díscolo. La institución del superyó, que atrae hacia sí las peligrosas mociones agresivas, establece por así decir una guarnición militar en los lugares inclinados a la revuelta.

Pero, por otra parte, y considerado ello desde el punto de vista puramente psicológico, es preciso confesar que el yo no se siente bien cuando así se lo sacrifica a las necesidades de la sociedad, cuando tiene que someterse a las tendencias destructivas de la agresión que de buena gana habría dirigido contra otros. Es como una continuación, en el campo psíquico, de aquel dilema entre comer y ser comido que domina el mundo orgánico. Por suerte, las pulsiones agresivas nunca están solas, sino siempre ligadas con las eróticas. Estas últimas tienen mucho para mitigar y prevenir en las condiciones de la cultura creada por el hombre.

 

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