La concepción kleiniana del yo

  <<Volver Atrás


Daniela Romero Waldhorn

 

Una de las principales modificaciones que introdujo M. Klein a la teoría psicoanalítica alude a la concepción del “yo”, la cual se evidencia en el énfasis que esta autora presta a las experiencias más tempranas del ser humano.
Por lo tanto, para comprender la concepción yoica dentro de la visión teórica de Melanie Klein, es necesario hacer referencia no sólo a la infancia, sino incluso a los primeros meses de vida, punto de discusión que sostienen los analistas respecto al llamado “yo”.
Según Melanie Klein, desde el nacimiento ya existe un yo potencial que opera en un comienzo de manera muy rudimentaria, siendo éste capaz de sentir ansiedad, utilizar mecanismos de defensa y establecer primitivas relaciones objetales en la fantasía y en la realidad externa. Empero, se advierte que este yo primitivo y desorganizado aún no se acerca a la función yoica en el sentido de una identidad personal, por lo tanto no se parece mucho al yo integrado de un niño o al de un adulto plenamente desarrollado.
De todas maneras, este yo incipiente es el que permite que el niño fantasee, y es gracias al reconocimiento de este yo potencial que Melanie Klein afirma la presencia de fantasías inconscientes desde el nacimiento. Klein modifica la connotación inicial que Freud le había adjudicado al concepto de fantasía, entendiéndola dentro de una visión estructural al referirse a las fantasías inconscientes.
De acuerdo a M. Klein, las fantasías inconscientes constituyen la expresión mental de los instintos. Ya que los instintos poseen un carácter innato, las fantasías estarían presentes desde el comienzo de la vida; por lo tanto, desde ese momento inicial, existiría un yo –aún primitivo- que es el que permite la fantasía del neonato.
Este yo precario está aún muy desorganizado, es lábil y su grado de integración varía de un momento a otro. A pesar de su rudimentaria forma de operar, este yo inmaduro se ve afectado por la ansiedad provocada por la polaridad innata de sus instintos de vida y de muerte, ambos enlazados en el tipo de experiencia del niño. Asimismo, el bebé está expuesto al impacto de la realidad externa, tanto a las experiencias gratificantes como a aquellas frustrantes; éstas últimas, también motivo de ansiedad para el yo.
Enfrentado a esta ansiedad, el yo semi-estructurado se escinde y proyecta fuera su parte que contiene el instinto de muerte que por naturaleza produce ansiedad en el lactante. El Tánatos es puesto en un objeto externo natural: el pecho. Éste, al contener gran parte del instinto de muerte, se vuelve amenazador para el yo, originando el sentimiento de persecución.
Simultáneamente el yo opera del mismo modo respecto a la libido, estableciendo así una relación con el objeto ideal. Por lo tanto, el objeto primario, el pecho, está en esta posición disociado en dos partes, el pecho ideal (en el cual se ha proyectado el instinto de vida) y el persecutorio (en el que se proyectó el instinto de muerte).

A este momento de la vida psicosexual, M. Klein le da el nombre de posición Esquizo-Paranoide. Posición, para hacer referencia a una fase del desarrollo que –a diferencia de la evolución rígida progresiva que Klein interpreta de la teoría freudiana sobre las etapas psicosexuales- nunca logra ser superada plenamente, a pesar del predominio de una posición sobre la anterior.
Paranoide, ya que la ansiedad predominante es paranoide: que el objeto(s) persecutorio(s) se introducirán en el yo y avasallarán y aniquilarán tanto al objeto ideal como al yo. Esquizoide, ya que el estado del yo y consecuentemente el de sus objetos, se caracteriza por la escisión. De esa manera, las relaciones objetales establecidas sólo involucran objetos parciales, es decir, ciertos aspectos del objeto los cuales no pueden ser integrados como una sola experiencia.
Gracias a estas primarias relaciones objetales, el yo es capaz de identificarse con algún elemento de lo introyectado, aludiendo al mecanismo de identificación introyectiva. En este proceso, se escinden y apartan partes del Yo y objetos internos y se los proyecta en el objeto externo, que queda entonces poseído y controlado por las partes proyectadas, e identificado con ellas. Si bien esta identificación es aún parcial y escindida, contribuye a la consolidación de la noción de sí mismo integradora.

Sin embrago, hay elementos que siendo introyectados, no se convierten en fuentes de identificación para el yo, cristalizándose en una instancia interna paralela al yo que Freud llamó superyó.
Es de esta manera que la estructura de la personalidad está determinada en gran parte por las fantasías más permanentes del yo sobre sí mismo y los objetos que contiene, que han sido introyectados. Esta estrecha relación entre estructura de la personalidad y fantasía inconsciente permite influir en la estructura del yo y del superyó mediante la terapia: al analizar las relaciones del yo con los objetos internos y externos (evidenciadas principalmente a través de la transferencia), y al modificar las fantasías sobre estos objetos, es que se puede influir esencialmente sobre la estructura más permanente del yo.
Considerando la prevalecía de las experiencias buenas por sobre las malas, y la afirmación de Klein de que el yo siempre tiende a integrarse, es posible el paso de la posición esquizo-paranoide a aquella depresiva.
A medida de que el yo se identifica con el objeto ideal, puede tolerar más fácilmente las experiencias desfavorables o sobreponerse a la ansiedad que tiende entonces a disminuir. Es así que el yo se comienza a integrar, integración que tendrá por consecuencia la percepción de objetos totales y no parciales. Reconociendo el límite entre el yo y lo externo, el yo se convierte en un yo total; así lograr establecer relaciones con objetos totales que se han integrado como fuente simultánea de lo bueno (“ideal”) y de lo malo (“persecutorio”).
Es entonces cuando el niño establece una relación con su madre como objeto total. Sin embargo, ella no está siempre presente, razón por la cual el yo puede llegar a representarla. Pero, estas mismas ausencias, en el contexto de una relación amorosa con la progenitora o quien cumpla el rol de tal, movilizan impulsos destructivos no de manera paranoide, sino culposa y es cuando el niño por primera vez experimenta el desamparo.
Esta nueva posición -la depresiva- posee entonces como ansiedad primordial la angustia del niño de que los propios impulsos destructivos lleguen a destruir o hayan destruido el mundo externo y el propio interno. Debido a lo último, es que las ausencias maternas se explican en virtud de un daño y/u odio del niño, sentimientos culposos hacia los cuales se orientan los instintos de destrucción.
De esa manera, surge en el niño el constante intento de reparar su culpa y restaurar el objeto dañado en su fantasía; existe entonces una nostalgia de recuperar una relación absoluta y de reencuentro con ese objeto, la madre hacia quien el niño vivencia la ambivalencia del amor-odio.
Es en el contexto de la posición depresiva, de relaciones de objeto total, en el que el yo comienza a experimentar la emoción de los celos, comúnmente confundidos con la envidia.
La envidia, a diferencia de los celos, es la más temprana, una de las emociones más primitivas y fundamentales que experiencia el yo. Es de carácter diádico (pre-edípica), ya que solamente requiere la participación del sujeto que envidia al objeto por alguna posesión o cualidad. Por lo tanto, puede y suele ocurrir en función de objetos parciales característicos de la posición esquizo-paranoide; de todas maneras, es posible que persista en relaciones de objeto total.
En contraste con las distinciones previas, los celos se basan en el amor, siendo relaciones de tipo triangular o edípico. El objetivo es poseer al objeto amado y excluir al rival; y se experiencia necesariamente en relaciones de objeto total. Por lo contrario, el objetivo de la envidia es ser uno mismo tan bueno como el objeto, sin considerar las consecuencias, por lo que puede ser mucho más dañina.
Es así que a través de la envidia el yo proyecta y externaliza el instinto de muerte en contra del objeto, con la intención de estropearlo y así suprimir la fuente de envidia.
En caso de que la envidia temprana sea muy intensa, necesariamente se verá afectado el desarrollo psicosexual del yo. En estas situaciones, al atacar el objeto ideal (origen de la envidia), no es posible la escisión en un objeto ideal y uno persecutorio, separación fundamental para la posición esquizo-paranoide.
Como no es posible preservar un objeto ideal por defectos de la escisión, se ve interferida la introyección del objeto ideal y consecuentemente, la identificación con él. Es entonces que surge la desesperación, luego, la incesante persecución por parte de objetos malos, y finalmente la culpa. La dificultad de introyección incrementa la envidia, entorpeciendo – a modo de un círculo vicioso- la identificación, el desenvolvimiento adecuado de la posición depresiva, el paso a la posición siguiente, y alterando la normal estructuración del yo.

Foro de Investigación

Menu Intro Mail
©APAH Análisis y Psicodinámica de la Actividad Humana